¿El primer amor o la primera desilusión?


Mejor malo conocido que bueno por conocer. ¡A otro perro con ese hueso! ¡Si en
la vida uno tiene derecho a besar muchos sapos.

Si algo de verdad nos daña la cabeza para toda la vida y marca nuestros patrones en cuanto a comportamiento, conducta, pensamiento y nivel de tolerancia que tendremos en el futuro con ellos, eso es el primer amor. Es decir, el primer hombre en el que nos fijamos a pesar de sus granos en la cara, de sus frenillos, de sus manos sudorosas y de ese sospechoso tonito de voz (una mezcla entre el efecto que se produce al inhalar helio, la voz de la abuela con gripe y la de su papá pero ronco).

Ese primer romance que como un imán, nos atrae y nos lleva a sentir por primera vez mariposas en el estómago. Ese irresponsable adolescente que nos enamora, nos seduce, nos conquista jurándonos amor eterno. Ese que nos traiciona y nos parte el corazón también por primera vez. Lamentablemente cuando somos niñas, nada ni nadie puede evitar que nuestras insoportables e irresponsables hormonas hagan lo que se les venga en gana. Que, generalmente, es lanzarnos directamente a los brazos del más perdedor de todo el curso y el peor de todo el grupo de posibles prospectos que haya.

Porque eso sí, de adolescentes, uno nunca se fija en el más serio del curso, en el que fijo terminará siendo un gran abogado o un médico laureado o en el que algún día heredará aquella exitosa fábrica de productos de plástico del papá. No, de pequeñas uno siempre se enamora perdidamente del más guache porque es indiscutiblemente el más sexy. Del más torpe, cuya inexperiencia y ganas de probarlo todo por primera vez, confundimos con ternura. Del que más ganas de experimentar, preferiblemente con todas nuestras amigas, tenga. Del que tiene complejo de animador de party de marquesina, de locutor de bingo. El Wanna Be, dizque porque es "súper chistoso". No, uno cuando pequeña es muy poco selectiva y no le mete mucha razón a una decisión tan "sencilla" como a quién le entrega el corazón. He ahí cuando aplica el dicho “Mientras mejor las crían más le gustan los tigueres”

¿Para qué si podríamos jurar que es para toda la vida? Si eso fue lo que nos prometió. Y es así como siempre terminamos creyéndole las promesas al primero que se nos atraviesa por el camino. Y todo para qué, si todo el mundo sabe que las grandes tragedias siempre terminan en muerte, mientras todas las comedias terminan en boda. Entonces ¿por qué no aprender desde niñas a ser más selectivas? Y en vez del payaso, ¿por qué no aspirar a salir más bien con el dueño del circo?

Es así como casi siempre terminamos sufriendo por el primer amor. Llorando a moco tendido y renegando de nuestras propias cortas existencias como si fuera el fin del mundo, por el perdedor de turno. Ese que hasta nuestras propias madres nos prohíben ver y no porque no les guste, sino porque el camino para decidir aún es largo. A lo mejor, debido a sus propias experiencias personales con su primer fracaso sentimental, nuestras madres intervienen para prevenirnos de terminar enredadas en una mala relación. Y lo digo basada en que en generaciones anteriores, las mujeres eran de pocos amigos, muchos menos novios o sino, de casarse con el de toda la vida. O, con el primer atarván que les juró amor eterno. De allí y, de la mala experiencia con nuestros propios padres, que quieran ayudarnos a que escojamos bien nuestro primer amor para no terminar como muchas de ellas, casadas y encartadas con su primera desilusión.

Hoy día, afortunadamente la cosa es distinta. Es como si la mujer hubiera aprendido su lección. Como si, aparte del derecho al voto, también hubiera adquirido una licencia secreta para besar a muchos sapos antes de encontrar a su príncipe azul.

Pero, volviendo al tema del primer amor, ese que nos daña la cabeza, ese que nos obliga desde una edad muy temprana a dominar términos como "dependencia", más que nada económica, pues mientras a ellos les prestan el carro para chicanearle a los amigos y para descrestar a todas las niñas del barrio, a nosotras no nos enseñan ni a patinar. Mientras a ellos les dan dinero para que inviten a salir a la amiguita de turno, a nosotras nos enseñan a dibujar invitaciones y a conformarnos con lo que haya en la fiesta y a irnos, no cuando estemos cansadas de comer o, peor aún, de bailar con el mismo torpe que pareciera que tuviera dos pies izquierdos, sino cuando nos recojan.

Entonces palabras como depresión que es aquella que por primera vez sentimos cuando aquel adolescente rastrero, metido a grande, cuya única gracia generalmente es fumar a escondidas de los papas, nos manda para la porra y sentimos que el dolor nos durará para siempre, es la que aprendemos generalmente cuando nos enamoramos por primera vez. Cuando descubrimos que el chocolate, aunque no está comprobado que nos quita la tristeza, por lo menos sí nos mantiene la boca ocupada para no embarrarla y llamarlo otra vez a pedirle cacao al mismo perdedor que ni por lástima quiere volver con uno.

Por eso, una de las lecciones más importantes que creo dejarle de herencia a mi hija es una cartera. Sí, así como lo leen. Porque la cartera en situaciones extremas sirve para guardar el dinero del taxi por si se aburre en la fiesta o para guardar muchas barras de chocolate por si se deprime al enterarse de que el noviecito anda con otra. A nosotras, por desgracia, no nos crían para tomar ese tipo de decisiones prácticas que nos enseñarían a controlar nuestras propias vidas desde muy jóvenes. A nosotras nadie nos explica que una cosa es la paciencia y que otra muy distinta es pasarnos de idiotas y tolerar lo que no queremos.

El primer amor, ese que a pesar de que nos haya tratado mal, siempre recordamos con nostalgia, es, en resumidas cuentas, aquella irresponsable ilusión que nos enseña a tan corta edad que nada es para siempre. Que sin importar qué tan grande haya sido nuestro "sacrificio de amor" (como si no nos lo hubiéramos disfrutado por igual), siempre nos dejarán por una que requiera menos esfuerzo. Es entregarle el corazón en bandeja de plata a aquel joven e inexperto patán que nos muestra lo fácil que es caer en las manos equivocadas. El mismo que nos enseña que de la ilusión a la desilusión hay sólo un paso. Es aquel al que, una vez hayamos cedido en sus pretensiones sexuales exploratorias, nos deja por nuestra mejor amiga y nos enseña también lo que es tener sed de venganza. Ese que, desde que tenemos uso de razón, nos enseña el lado oscuro de las relaciones como: los celos, a convertirnos en locas posesivas, en histéricas y, muchas veces, reprimidas.

Por otra parte, el primer amor no necesariamente tiene que ser con quien experimentamos nuestra primera relación sexual. De nuestra "primera vez" hablaré más adelante. De hecho, casos se han visto de aquellos primeros amores tanto tiernos como cursis, que nunca pasan de ser esa primera ilusión que, afortunadamente, nunca pasa a mayores. Esos que incluyen la cargada de los libros, la esperada a la salida del colegio. Aquellos inocentes romances, casi siempre, clandestinos, de comer helado por las tardes, de besos robados, de quedarnos enganchadas en sus frenillos y que el hermanito menor nos descubra para después chantajearnos con contar. De tomarse la mano debajo de la mesa y sudar de los nervios hasta casi derretir nuestro esmalte de uñas.

De aquellas eternas conversaciones telefónicas escondidas debajo de las sábanas para que nadie oiga la sarta de cursilerías que estamos diciendo. De los bailes de quinceañero en donde nos ponemos sin el menor asomo de vergüenza o dignidad, el moño más grande que tengamos dizque para que nos vea linda. Nos ve, y eso, por el tamaño del lazo. Eso es lo único garantizado.

Aquel amor inocente de guardar su foto en la billetera, así en ella tenga el aspecto de un asesino en serie sin que nos dé pena mostrarla. Ese amor de dibujar corazoncitos en los cuadernos, de escribir una y mil veces nuestros nombres junto al de él. O, nuestros nombres pero con el apellido de casada de él. Y todo para qué después de tanto soñar cómo sería nuestra vida juntos, cómo serían nuestros hijos, nuestra casa y pensar hasta en qué nombre le pondríamos al perro de la que será nuestra familia, terminemos sí con un perro pero de verdad, verdad. Un malandro con buenos brazos, pero de malas mañas.

Todo para que se nos atraviese en el camino uno con la suficiente malicia en la mirada para que ahí sí nos animemos a dárselo sin tanto preámbulo, sin tanta ceremonia. Así somos las mujeres y de allí también podríamos sacar la siguiente moraleja: "Nadie sabe para quién trabaja". Mucho, muchísimo después, algunas logramos modernizarnos y quitarnos semejante tara de encima. Entendemos que no necesariamente el primer amor, especialmente si fue un fiasco como en la mayoría de los casos, deberá marcarnos de por vida. Algunas aprendemos también que lo mismo que fuimos para ellos, lo fueron ellos para nosotras: un experimento fallido.


"LCLPB"

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